EL ARCOÍRIS

    Entre el pudor y el desenfado se equilibraban mis amantes clandestinos. Al desenfado de interior (con música, licor y cuartos oscurecidos) le seguía el pudor obligado de la calle, un pulido trasiego de señas y sobrentendidos. Solo por la Ashford o las inmediaciones de la Laguna los más atrevidos sacaban a pasear el amor de la mano. A resguardo ha sido su amor pero cada vez menos, pues desde hace veintitantos años marchan por mis calles en reclamo y celebración de sus colores. Mía ya es su bandera de arcoíris y mis dominios, uno de sus baluartes.