Como tantos jíbaros de mediados de siglo, hizo de mis calles su tercer hogar. Aquí tuvo casa pobre, en cuyo patio crió gallos, un trasplante de su campo de origen. Presenció y participó del festín de la modernidad sin grandes aspavientos, como maestro de obra. Intimó con Muñoz y Albizu. Aquí crió ocho hijos y enviudó. Atendió la convalecencia de una hermana mientras las fuerzas se lo permitieron. Vendía lotería para sobrevivir. Nacionalista de toda la vida —la cárcel La Princesa fue su segundo hogar—, murió como un ermitaño. Por centenario y pobre: doblemente descartado.

EL DESCARTE