Casas de lenocinio hubo —algunas de leyenda negra— en mis dominios; barras, pubs y discotecas complementaban la oferta para el desahogo de calenturas.  Pero la vida alegre más descarnada siempre fue en tacos y a la intemperie. Primero ellas, luego también ellos y ell@s atraían con brillo la presa a la oscuridad de mis callejones. En breve la jauría roja —con los colmillos en los bolsillos— iba llegando a comprar escenas o actos de lujuria maquillada. Hubo transacciones que terminaron en sangre. Digo sangre por no decir muertos. Digo hubo por no decir ay.

    LA JAURÍA ROJA